05/09/2026
Evaluar y castigar
Facundo Giuliano es Doctor en Educación (UBA) e Investigador del CONICET / Instituto de Investigaciones en Ciencias de la Educación (IICE-UBA). “Evaluar y castigar. Apuntes sobre la (des)colonialidad pedagógica” (Editorial Prometeo, 2024) es la propuesta de nueve postulados orientados a comprender y reflexionar en torno a la evaluación como fenómeno naturalizado, fruto de la modernidad/colonialidad.
Por: Educatopía
La invitación que nos ofrece Facundo Giuliano en los nueve apartados de Evaluar y castigar es tan sencilla como disruptiva. La escuela es una parte constitutiva de la realidad como la conocemos. Fuera de distopías, es impensada una sociedad sin escuela: la educación como fenómeno epistemológico, la institución como vara ética (¿y moral?), la dignidad de los guardapolvos blancos y la crisis ontológica que atraviesa desde hace varios años.
Quienes transitamos la educación primaria y la secundaria, quienes tuvimos la oportunidad de atravesar estudios terciarios o universitarios, y sobretodo quienes continuamos luego de esa formación habitando las escuelas con rol docente tendemos a un proceso que aparenta ser inevitable: la naturalización. Los docentes más progresistas enaborlamos la bandera de la horizontalidad, de la construcción colectiva del conocimiento, de la autoridad sin autoritarismo. Buscamos las formas de generar espacios plurales, diversos, justos, igualadores. Pero, aunque nos incomode (en el mejor de los casos), llega el cierre del período o el informe intermedio y completamos una planilla de calificaciones, y asignamos a cada estudiante un valor. Podemos buscar formas que consideremos más adecuadas, más “amigables”, menos “traumáticas”, pero siempre evalúamos. Porque naturalizamos el acto de evaluar como algo intrínseco del rol de educar, porque se vuelven estos dos conceptos, en la práctica, sinónimos.
Entonces, la invitación que nos ofrece Giuliano es la siguiente: ¿Y sí no hay nada natural en unir inevitablemente a la educación con la evaluación? ¿Y si la evaluación, por más flexible que se presente, no deja de asumir que hay un sujeto sumiso, inferior, que debe ser evaluado por otro superior, con la potestad de cuantificar y cualificar su proceso de aprendizaje? ¿Y si, en realidad, la valorización de los saberes, y la clasificación entre saberes “del sentido común” y saberes “científicos”, en la ponderación de los segundos en detrimento de los primeros, no es más que un círculo vicioso del que ninguna evaluación innovadora puede sacarnos?
El autor nos enfrenta al imperativo de reconocer que pluralidad y evaluación pueden representar una especie de contradicción. En el segundo apartado titulado “Elementos de combate ético-pedagógico”, postula “Aquí está la cuestión, y la eficacia neoliberal por excelencia que reduce todo lo relacionado a la alteridad: pues hay reducción de lo político a un proceso de gestión, de la pedagogía o la enseñanza a la evaluación, del aprendizaje a una respuesta correcta o a un resultado comprobable, de la singularidad a la cifra, de un proceso educativo a un promedio.”; más adelante profundiza "Si antes se buscaba reducir la heterogeneidad en pos de cierta homogeneización, ahora la homogeneización puede plantearse en términos de heterogeneidad, esto es, en términos de ‘diferencias tolerables’. Cada uno podría tener su lugar hasta cierto punto: sobrepasado el límite o, en su defecto, no superado, la marca de la exclusión sigue siendo un hecho.”. No hay forma, entonces, de pretender generar un espacio donde se respete y se celebre la diversidad, en todos los sentidos, y que a la vez se esté evaluando, porque aquel que no alcance lo preestablecido, por el docente o el sistema, será rápidamente marcado y excluido del grupo “que si alcanza las expectativas”.
Lo que el libro desarrolla no es ni más ni menos que la propuesta de extrañar (convertir en extraña) la evaluación, de desentrañar todo aquello que le es implícito, naturalizado; y, por supuesto, de abandonar la postura pasiva e hipócrita de algunos docentes progresistas, sosteniendo que a pesar de que se innove en los modos de evaluar (autoevaluaciones, co-evaluaciones), la matriz es la misma: una asimetría cognitiva, una única forma válida de saber.
Pero en el desarrollo de los postulados no hay un afán de mofarse o criticar peyorativamente al docente que no se cuestiona la evaluación. De hecho, en el mismo registro lingüístico elegido por el autor, no hay soberbia. Se posiciona en un equilibrio entre un profundo tecnolecto y la cercanía más brutal y situada con el lector. No pareciera hablarle a los docentes a modo de lección, si no que da la sensación de que si hay respuestas, ocurren de forma extratextual, cuando el libro ya terminó.
El diálogo con Foucault es inevitable. El título es la propuesta: evaluar y castigar, por su objetivo y consecuencias reales, parecen estar mucho más coherentemente emparentados que educar y evaluar. Además, una idea que aparece fuertemente al comienzo del libro pero que luego deambula con más o menos intensidad en su desarrollo, es el hecho de que el acto de evaluar es hoy mucho más cotidiano que nunca. Evaluamos atenciones, servicios, películas, videos. La potestad de poder convertir lo humano en calificación está apenas al alcance de un click. Las consecuencias de evaluar son nulas, las de ser evaluados puede ser inmensas. Y es en esa dualidad que nos movemos los sujetos.
Y si de diálogos con exponentes de nuestra formación hablamos, el tercer apartado es (en mi lectura) el corazón del libro. La clara muestra de que, a pesar de las buenas intenciones, de la inmensa consideración por el otro, por su cultura, por sus hábitos, por su mundo, el otro siempre será ese otro que será mejor mientras se parezca más a nosotros. En “Un mano a mano con Paulo Freire”, Giuliano se propone dialogar, conceder y refutar al Freire de Pedagogía para la autonomía. El foco está puesto es poder detectar que, a pesar de lo innovador y profundamente paradigmático que fueron estos postulados en su contexto, cabe hoy en día que sean revisados entendiendo la mirada inherentemente moderna-colonialista que se imprime en ellos. Autoridad, ética, moral, tolerancia, son conceptos que dotan de sentido a la asimetría que constituye el rol docente, y que reafirma y re-naturaliza la función de la evaluación.
En lo personal, esta discusión es absolutamente necesaria. Si bien el contexto de producción de Pedagogía para la autonomía es tristemente similar al actual, es inconcebible pensar que las ideas de Freire sean las formas más acabadas de pensar la función docente. Que fueron brújula para muchos de nosotros es innegable, pero continuar construyendo concepciones o reflexiones en torno al rol docente hoy es el único modo de sostener una mirada crítica y situada de nuestro rol. Que no suene cliché, pero la deuda es con los que vendrán, como plantea Giuliano “(...) nuevas generaciones son capturadas por “lo dado” de la educación moderna, siempre individualista en lo que tiene de colonial, siempre racista en lo que tiene de patriarcal, y siempre seductiva por la promesa de éxito en un mundo de competencias.”