25/04/2026
DE LA CATARSIS A LA ESTRATEGIA
Sobre la violencia que desestabiliza las escuelas, y la reconstrucción del sentido del rol docente.
Por: Educatopía
Que la escuela como institución y la educación como valor están en crisis poco tiene de novedad y mucho tiene de discurso cotidiano, tanto en los medios de comunicación como en las escuelas mismas. Día a día nos enfrentamos a (no tan nuevos) fenómenos que irrumpen en las aulas con la fuerza de torbellinos y desestabilizan ese ¿para qué?, ese sentido que parece cada vez estar más lleno de incertidumbre que de certezas.
En las últimas semanas las paredes de los baños en la escuelas (como territorio físico) pero también las redes sociales (como territorio digital) se vieron inundados de amenazas concretas de muerte. Esto no surge de la nada: hace menos de un mes, en San Cristobal, Santa Fe, un adolescente de 15 años abre fuego en el momento de la formación y asesina a otro adolescente. La potencial masacre se ve frustrada por un auxiliar que derriba y detiene al estudiante. La conmoción fue un inmediata, rápidamente se intentaron establecer motivos, culpables, ¿qué no hicieron los padres?, ¿qué no detectaron los docentes?, ¿qué adulto falló?. Los términos “masacre” y “tiroteo” empezaron a estar en la boca de todos, todo el tiempo y en todos lados. Y como ocurre cuando se repite una y otra vez una palabra, se vació de significado. Como challenge o desafío, las paredes de los baños empezaron a establecer fechas de potenciales tiroteos. Con la viralización que tienen las malas noticias, el miedo y la preocupación se reprodujeron a la velocidad de un reenviado.
La coyuntura nos obligó a atender emergentes que pusieron al descubierto que los establecimientos educativos dejaron de ser definitivamente espacios seguros, al menos desde lo discursivo. Rápidamente pasó a hablarse de violencia escolar, aunque ante esta afirmación Maria Bielli, legisladora porteña, genera una distinción acertada e importante: la escuela es una caja de resonancia, y estos hechos de violencia no nacen de la dinámica escolar, sino que se trata una vez más de un hecho que surge de la externalidad de la escuela (un reto de Tik Tok en este caso) y repercute directamente en su cotidianidad. Y acá refuerza una idea que los docentes pensamos y manifestamos hace tiempo: la escuela, que debería (y esto se puede discutir y ampliar) ser un espacio donde se disputa el conocimiento y la formación, se ocupa de muchas cosas, tantas que pareciera que esa formación y ese conocimiento pasa a un segundo o tercer plano.
Sin ir más lejos, con el emergente que fueron esas inscripciones en los baños, rápidamente desde las Inspecciones de los Distritos o diferentes esferas superiores jerárquimente se “bajaron” Jornadas de Convivencia diseñadas para trabajar puntualmetne esto, siempre desde una perspectiva reflexiva. Ahora bien, lejos estamos de afirmar que esto estuvo mal. Hacer oídos sordos a aquello que estaba circulando fuertemente en todos los medios, generando preocupación y paranoia, hubiese sido necio y negligente. Sin embargo, cabe preguntarse y discutir la raíz puntual de las problemáticas, para abordarlas del modo más responsable posible, porque la sensación termina siendo que una Jornada de Convivencia, un afiche colgado en un pasillo o un video creativo en alguna red social no subsana algo que es mucho más complejo y profundo que un reto de Tik Tok.
La burocracia escolar recae constantemente en un formalismo reduccionista. Surge una “pedagogía del parche”, que propone pseudosoluciones inmediatas a problemáticas estructurales. Reflexionemos un minuto sobre el contexto en el que habitamos hoy: un Estado que se vanagloria de un vaciamiento continuo y planificado, políticas provinciales que, con manotazos de ahogado, buscan reducir el impacto (en el mejor de los casos), adultos sobre explotados viviendo cotidianamente la desvalorización de su empleo y su salario, docentes empujados al pluriempleo (sin ir más lejos, Cristian Pereyra, docente técnico, fue asesinado por un policia en un intento de robo el pasado 14 de marzo mientras trabajab como chofer de aplicación durante la madrugada). Y lo más triste, si cabe acá establecer una jerarquia, infancias y adolescencias que ven la posibilidad de futuro cada vez más trunca e incierta. ¿Qué valor por la vida podemos exigirle a los jóvenes en este contexto? ¿Qué tanto más se le puede exigir a los docentes y a las escuelas cuando es el mismo Estado el que decide vaciar todos aquellos espacios (escuelas, universidades, hospitales, centros recreativos, comedores) que pujan por sostener una vida digna?
Cuando hablamos de que en las escuelas se disputan sentidos, no hablamos únicamente del aula. Las salas de profesores se erigieron históricamente como espacios no sólo destinado a ese descanso de 15 minutos entre clase y clase, sino como los grandes orígenes de múltiples estrategias pedagógicas y proyectos interdisciplinarios. Para no caer en la ingenuidad, cabe la observación: a veces la sala de profesores es el aula vacía, la cocina, el pasillo, el rincón en el patio. Ante lo solitario que puede resultar el rol docente (uno frente a 20, 30 o 40 estudiantes) ese espacio abre la posibilidad de lo comunitario, de lo horizontal, donde la red se expande y refuerza. Pero de un tiempo a esta parte este espacio fue más que nunca invadido por la catarsis. Necesaria, en su justa medida, parecieran destinarse esos pocos minutos a que se genere una especie de ronda de desahogo. Las “changas” para llegar a fin de mes, el grupo terrible que no escucha, la obra social que te exige un copago muy similar a la consulta particular, los conflictos domésticos que debemos desatender porque antes vivíamos con 20 módulos y hoy apenas sobrevivimos con 30. Aunque algunos conflictos son inherentes a la vida humana, la mayoría son absolutamente coyunturales (sin ir más lejos, el comienzo de este artículo). Ahora, ¿es posible vislumbrar el pasaje de la catársis a la acción?
Las salas de profesores, ese valiosísimo espacio de intercambio entre colegas, debe reconstruir su caracter estratégico, reflexivo y organizado.
Podríamos pensar que no somos más que pequeños engranajes en un sistema que es inmenso, que la incidencia de nuestro rol es inversamente proporcional a las problemáticas a las que nos enfrentamos día a día. Y no es mentira pero, sin ánimos de pecar de inocentes, los que nos formamos en los últimos años tenemos resonando una frase del pedagogo Paulo Freire: “La educación no cambia al mundo: cambia a las personas que van a cambiar al mundo”.
Hay una certeza que es intrínseca al rol docente: la esperanza de un mundo mejor. En nuestro día a día puede sonar hasta utópico y fantasioso, pero sin la certeza de que la educación es una fuerza transformadora, sin la certeza de que es posible que un futuro mejor se construya para que los y las jóvenes de este país pueda vivir dignamente; el sentido completo de la formación, el acto educativo en sí y el rol de la escuela pierden su sentido.
Todos los trabajadores estamos transitando un contexto de agobio e incertidumbre que es imposible de negar, y los docentes en particular pasamos (como en cada situación crítica) a ser el chivo expiatorio de los males de este mundo. Pero hay una responsabilidad que es ineludible: somos garantes de derechos. Es en parte nuestra la enorme tarea de creer en que se puede construir un porvenir más justo para todos los niños y adolescentes. Y esto es más básico, más primordial y mucho más profundo que llenar las mil planillas que pide Inspección y redactar las mil actas que debemos sí o sí redactar. Se trata de volver a las bases de aquello que impulsó la docencia desde el momento cero: transformar una pequeña realidad para transformar la realidad toda.
Y no es el objetivo seguir depositando más carga que la que la escuela y los docentes podemos sostener, sino reconocer en uno mismo cuál es realmente el sentido de todo esto, y trabajar en comunidad para reconstruirlo colectivamente.