02/04/2026
EL DESAFÍO DE SEGUIR LA LUCHA
Una conversación con Marta Maffei a 29 años de la Carpa Blanca
Por: Educatopía
En una entrevista para nuestra revista digital, la histórica dirigente gremial y exdiputada nacional repasa la experiencia de la Carpa Blanca, analiza el presente del sindicalismo docente y advierte sobre la urgencia de articular luchas en defensa de la vida y el ambiente.
-¿Qué nos puede contar de la gesta de la Carpa Blanca? ¿Cómo surgió, cómo fue sostenerla y qué respuestas iban teniendo por parte de las autoridades y la sociedad?
-La Carpa Blanca surgió como parte de un compromiso con el sistema educativo. Veníamos de una situación educativa muy mala, a la que el gobierno de Menem le agregó la transferencia del sistema educativo nacional. Prácticamente todas las escuelas secundarias eran nacionales: bachilleratos, escuelas de magisterio, escuelas de comercio. El gobierno decidió que para democratizar la educación, se transferían todas las escuelas a las provincias, por supuesto, sin fondos.
No habían pasado seis meses de esto y ya teníamos Tucumán con un año de paro, provincias con dos o tres meses, y no movían la aguja. No es que al gobierno le interesara; nosotros empezamos a comprender que el conflicto lo incentivaba el propio gobierno porque la decisión era la privatización del sistema educativo. La propia sociedad comenzaba a demandar sacar los chicos de la escuela pública porque no había respuesta, porque había paro. Entonces discutimos mucho en CTERA, en uno de los congresos, y buscamos encontrar una metodología que convocara a la ciudadanía, que nos permitiera explicar que queríamos cobrar un salario, pero también salvar la educación pública, para que fuera lo que siempre pensamos que debía ser: un instrumento de liberación. En aquel momento, Paulo Freire estaba en el pináculo de la lectura de los trabajadores de la educación, estábamos muy adheridos a ese pensamiento de la educación liberadora.
En consecuencia, decidimos como un acto, un golpe de imagen y de presencia en los medios, hacer un ayuno de 15 días en la plaza Congreso. Unos 40 docentes de todo el país se vinieron a la capital para eso y decidimos alquilar una carpa porque pensamos: "¿Qué va a pasar si se pone a llover? Además, a la noche nos tenemos que quedar ahí porque queremos hacer el ayuno en serio". Así que preparamos todo y alquilamos una carpa por 15 días.
Y pasó lo que suele ocurrir y que hoy veo que con el tema de los glaciares está volviendo a pasar: un involucramiento social que nos desbordó. La gente nos decía: "Acá estamos, coincidimos, nos alegramos de que no hagan paro, vamos a testimoniar nuestra adhesión a la defensa de la educación pública". Fue un aluvión: compañeros que vinieron a acompañar, apareció una escuela con los chicos de séptimo grado, otro día otra escuela, un día cinco escuelas, incluyendo el jardín de infantes. Se comenzó a producir esa interacción pública.
Inmediatamente los medios de comunicación se instalaron en la carpa porque encontraron un espacio para reflejar realidades distintas. Nosotros habíamos puesto énfasis en que hubiera compañeros de todos los distritos que pudieran contar lo que sucedía. Entonces se sentaban con el tucumano, con el compañero de Tierra del Fuego, y tenían las notas servidas en bandeja. Tuvimos una alianza fuerte con los medios que asistieron.
Después de 15 días, cuando vimos eso, dijimos: "No vamos a matar a los que están ayunando. Vamos a ver si es posible renovar y que otros compañeros vengan". Inmediatamente se sumaron muchos que querían venir porque veían lo que sucedía, veían la realidad de sus provincias reflejada en los medios nacionales como nunca antes. Dijimos: vamos a seguir 15 días más, una semana más. La solidaridad de nuestro pueblo, la presencia que empezó a ser masiva de músicos, actores, cantantes... No hubo músico argentino indiferente. Mercedes Sosa, Spinetta... todos fueron. Se sentaban, conversaban con los compañeros. La carpa se convirtió cada día en un recital.
Después se produjo otro fenómeno que probablemente no habíamos calculado: la carpa se convirtió en un espacio público para denunciar otras conflictividades. Ahí apareció el asesinato de Cabezas, el caso de María Soledad Morales, conflictos de comunidades indígenas. Venían a la carpa porque sabían que ahí tenían cobijo, comprensión y los medios de comunicación para hacer conocer su problemática. Se fue convirtiendo en un símbolo de resistencia social a la falta de protección de derechos, a la prepotencia del poder político.
Fue imposible levantar la carpa porque ya teníamos con dos meses de anticipación la lista de los compañeros que querían venir a ayunar para transmitir la problemática de su escuela, de su entorno. Me acuerdo un compañero que contaba los kilómetros que caminaba por día para ir a la escuela. El relato de la situación de sus alumnos, la pobreza, la falta de medios, desnudó una situación de precariedad. Los compañeros de la Capital Federal entendieron que la Argentina no terminaba en la General Paz, que teníamos una realidad social muy diversa y muy injusta. Había niños que no tenían la posibilidad de adquirir el conocimiento por falta de alimentación, por precariedad, porque iban al lomo de mula una hora y media para ir y otra para volver de la escuela.
Aprovechamos ese tiempo para instalar en todos los compañeros la legitimidad de la demanda, pero también fuertemente un espacio para reconsiderar, para analizar entre nosotros qué podíamos hacer para rescatar la educación pública, para que realmente fuera un instrumento de liberación. Ahí tuvimos una gran solidaridad de las instituciones universitarias. Nos acompañaron pedagogos y formadores muy significativos que intercambiaron con los que ayunaban y con otros que venían para escuchar qué podíamos hacer desde el aula para cambiar esa realidad. Fue una combinación de reclamo salarial, de instructivo pedagógico, de compromiso social, de solidaridad con otras luchas.
Todo eso nos dio un plexo de conocimientos y herramientas para seguir dando nuestra disputa por la educación pública. De hecho, los gobiernos que siguieron nunca volvieron a plantear la privatización del sistema educativo. Conseguimos el Fondo de Financiamiento Educativo, por el cual todas las provincias recibían un adicional para lograr un piso salarial uniforme en todo el país que tuviera algo que ver con la decencia para poder vivir. Ese fondo duró 27 años, hasta que Milei lo sacó.
-¿Por qué duró tanto tiempo? ¿Cómo trabajaron el desgaste?
-Ninguna medida que se sostiene más de 20 días deja de tener desgaste. Lo que evitó que el desgaste nos ganara fue la creatividad y la iniciativa. Teníamos charlas pedagógicas, charlas culturales, recitales musicales y una fuerte posibilidad de transmitir en los medios lo que pasaba con el sistema educativo. Generamos en los educadores y en los padres una conciencia clara de que la escuela no podía ser injusta, no podía distribuir el conocimiento condicionado por la situación socioeconómica de la familia. Teníamos que presionar para que se incrementaran los años de educación, para que los comedores estuvieran abastecidos, para que los niños tuvieran el material que necesitaban.
El hecho de poder establecer ese diálogo con la comunidad, integrar los aportes de gente con tanto reconocimiento, de los sindicatos del mundo que vinieron a la Carpa Blanca, nos mantuvo. El desgaste se morigera si incorporás la creatividad y no te quedás pensando "esta semana iba a venir tal y no va a venir". Tratábamos de encontrarle la vuelta para sumar, para que cada día fueran más compañeros y tuviéramos un nexo fuerte con la comunidad.
Trabajar junto con la comunidad, escuchar sus demandas, sus quejas, sus necesidades y sus propuestas para el sistema educativo fue esencial.
-Hoy, gran parte de esas demandas siguen vigentes. ¿Cómo observás el rol de los sindicatos docentes? ¿Tienen la misma potencia?
-Yo creo que CTERA mantiene, y los sindicatos provinciales mantienen, un respeto de parte de los funcionarios y un rol importante dentro del sistema educativo. Pero debo decir que está claro para el conjunto de la población el debilitamiento de las organizaciones sindicales. No es solo la cooptación, es el haber derivado la organización sindical crecientemente hacia el cumplimiento de un rol que tiene más que ver con lo jurídico, con lo administrativo. Por ejemplo, con el tema de las obras sociales. El gobierno te retiene la cuota sindical, pero después el Estado te hace soporte, y cuando te lo restringe, tenés un conflicto de dimensiones que ya no es solo la situación de los trabajadores de la educación con respecto a su escuela. Tenés un conflicto con las clínicas, con los prestadores, con los sistemas farmacéuticos, es una complejidad. El gobierno te restringe, no te paga, te recarga, y entonces todos los trabajadores del otro sector le caen con el reclamo al sindicato. Te mantiene ocupado en eso y evita que des la pelea por una retribución justa, por un salario decente y por salir de la flexibilidad laboral.
El capitalismo es muy astuto y encuentra los huecos. Incluso cuando parece que te está dando una oportunidad, hay que tener cuidado porque muchas veces es para la manipulación, para entramparte, para obligarte a participar de un espacio que te genera otro tipo de conflictividad. Yo sé que más de un dirigente sindical no lo toma como espacio de conflictividad, sino como espacio de ganancia económica. Pero esa complacencia nos ha envuelto en una conflictividad adicional que hoy es cada vez más difícil.
Además, hay una desconfianza, una falta de representación. Cada vez hay más gente fuera de la economía formal, que no accede al sindicato. En muchos casos, el empleo es a condición de que no estés afiliado. Nosotros tenemos una cabeza que no termina de comprender las estrategias del enemigo en su totalidad. Analizamos algunas, pensamos que todas van para este lado, pero no. Se utilizan distintas formas de cooptación social, desde los medios de comunicación, la trivialización, las pantallas, los acuerdos internacionales, la cooptación de los funcionarios. Es una cantidad de estrategias complejas que convergen en debilitar al trabajador y que vienen por los lugares menos pensados.
Hoy dirigir una organización sindical es crecientemente complejo porque la situación social es compleja y sobre todo porque hay una estrategia de dominación cultural y de cooptación que entorpece la posibilidad de reflexionar juntos. Hay un grupo grande de compañeros que piensa que ya no podemos hacer más nada, que ya nos derrotaron, que no nos dan las fuerzas para intervenir en la realidad con esperanza de cambiarla. Además, hay una comprensión social más baja, hay menos solidaridad, más individualismo, una decisión fuerte de "sálvese quien pueda". Construir solidaridades en esos espacios cuesta mucho más.
- ¿No ves que también pase entre las instituciones o los sindicatos? Hoy no se ve una articulación entre los sindicatos y organizaciones, no como la que había hace casi 30 años, o al menos no se en la superficie.
En algunos espacios hay articulación, pero es insuficiente. Si no fuera así, no estaríamos como estamos. No tendríamos esta situación social, económica, de empleo, este avance fuerte sobre nuestros bienes naturales, de destrucción y apropiación, sistemas productivos altamente contaminantes y escasa movilización popular. El individualismo cala fuerte en los sindicatos. No nos juntamos con el otro sindicato para ver qué podemos hacer en un conflicto, sino que decimos "veamos cuánto podemos sacar para nuestro sindicato". La política individualista, la falta de humanismo, la incapacidad de priorizar los conflictos. Es una larga lista. ¿Cuáles son los más graves? ¿En cuáles se pone en riesgo la vida? Yo ahora estoy peleando el tema de la ley de glaciares porque ponen en riesgo la vida. Cuando te ponés con el agua, ponés en riesgo la vida. Cuando te quedás tres días sin agua, te morís. No es lo mismo la gravedad.
Necesitamos conversar mucho, encontrar prioridades y ver si podemos desde las organizaciones sindicales contribuir, junto con las organizaciones sociales, a encontrar soluciones. Ante la insuficiencia de los sindicatos, hay una afluencia fuerte de asambleas y organizaciones sociales que pelean en el lugar por conflictividades puntuales: la represa, el basurero. Todos los días tengo una lista de adhesiones que me piden que firme porque no quieren el basurero en este lugar, porque no quieren que se contamine el agua, etc. Son conflictos puntuales que no tienen una articulación con el resto de las problemáticas que tienen el mismo origen. El individualismo y la atomización van de la mano: "cómo me salvo hoy, cómo logro que esta represa no se ponga sobre este río". Ahora, si la represa se instala en el río de la provincia de al lado, yo ya no tengo nada que ver. Esto es parte de lo que el capitalismo nos ha metido en la cabeza. La escuela tiene que ayudar a revertir esto, pero se revierte si uno puede desarrollar una capacidad de comprender la complejidad de la cultura en la que estamos y la intencionalidad que tiene esa complejidad. ¿Quién está operando ahí?
-¿Qué te llevó a pasar de la militancia sindical a la política? ¿Cómo analizás la tarea o el estado actual de la política? Observamos que hay una enorme degradación del rol de la política llevada a cabo principalmente por los propios representantes que ejercen la tarea.
Si, como en el sindicalismo (risas). Me llevaron varias cosas a salirme del sindicalismo, pero una que se me puso en la cabeza es que a veces los liderazgos se convierten en un hábito y en una costumbre que evita la reflexión un poco más abajo. Entonces, "¿qué dice Marta sobre este tema?" y no discutimos más. Necesitamos incentivar el diálogo, la discusión, la reflexión. El liderazgo sirve para aglutinar, para tener figuras para confrontar, pero que un sindicato se vaya adocenando a lo que dice un dirigente y tengamos 40 años al mismo secretario general me parece horrible. Necesitamos revitalizar los sindicatos, que la gente tenga protagonismo. Eso me llevó a tomar la decisión de no renovar. Yo sacaba el 87% u 90% en las elecciones y nosotros en CTERA pasamos de una elección entre delegados a elecciones con urnas en todo el país. No tuve nunca problemas para tener un resultado electoral adecuado, pero no me parecía que la hegemonía de una persona ayudara a crecer y fortalecer la organización.
De pura casualidad, conocí compañeros que trabajaban en política y me ofrecieron la posibilidad. Pensé que desde la política y desde el Congreso, si uno tiene conducta y convence a los demás, yo entre por un partido muy chiquito, se podían mejorar algunas cosas. Se podía pensar en la ley de educación ambiental, en la ley de relevamiento de las comunidades indígenas, en proteger el agua, en proteger los derechos sociales. Trabajé en eso, presenté 40 proyectos de ley. Algunos son ley, salieron y la comunidad los reconoce. No es que cuando hacés una ley la realidad se da vuelta, pero le da a la gente que pelea un instrumento legal que sostiene la pelea, que le dice "acá estoy legitimado, yo tengo derecho a esto".
Después no me volví a postular. Ya tenía mis años y me pareció que había otros territorios donde se podía hacer más. Desde entonces, hace 20 años, estoy trabajando fuertemente los temas ambientales, que son una gran preocupación. Hoy me parece que el colapso particularmente ambiental es el gran riesgo. La educación necesita hacer que esta idea de sustentabilidad, de poder aportar a la supervivencia, esté incluida, porque hoy la supervivencia está en crisis. Si nosotros creemos que la explotación puede ser ilimitada, no estamos entendiendo que el globo terráqueo es limitado. Y sobre todo para los más vulnerables, la crisis es peor, nos golpea más y pone en riesgo la supervivencia. La escuela debe ayudar a comprender el encadenamiento de las responsabilidades de la acción humana, si no lo hacemos vamos al colapso.
Yo te decía al principio de la charla que me considero una persona afortunada.
tuve una familia que me quiso, me cuidó, tuve siempre trabajo, tuve comprensión del espacio en el que estaba trabajando. He tenido y sigo teniendo buenos amigos, tengo una hermosa familia y tuve la posibilidad de estudiar, de ir a la facultad. Frente a eso me pregunto: de todo eso que la vida me brindó, que mi país me brindó, ¿yo no tengo nada que devolver? ¿no tengo ninguna responsabilidad en lo que está pasando en mi país? Entonces, bueno, trabajo por eso, porque creo que en la medida de lo que puedo algo hay que devolver.
-¿En qué estás trabajando ahora?
Estoy jubilada hace muchos años, tengo 85 años, y trabajo en varias organizaciones de carácter ambiental. La primera es "Agua para la vida". Tenemos un proyecto de ley que estamos recorriendo el país para juntar firmas por iniciativa popular, porque eso nos da la posibilidad de conversar con la gente, de explicar por qué hay que proteger el agua. También estoy en otra organización que se llama "Pachas", que es una especie de movimiento social. No es político partidario, pero tiene el objetivo de articular a las organizaciones sociales, de hacer que no sean pequeñas células separadas, para ver si podemos hacer funcionar un sistema. Hay personas con mucha trayectoria, con mucho compromiso social, trabajando en esto. Cuando uno junta a la sociedad y las personas se empoderan, comprenden lo que les está pasando y accionan de conjunto para exigir sus derechos, está haciendo un accionar político. No partidario, pero que plantea limitar los excesos políticos, controlar la política, presentar demanda y empoderar a los pueblos.
Luego hay otras 50 organizaciones en las que participo como puedo, donde discutimos sobre los agrotóxicos, la contaminación del suelo, la situación del agua en el país, etc. Siempre tenemos intercambios con los jóvenes por el clima, con la gente de Basta de falsas soluciones. Es lo que necesitamos: ser plurales, encontrarnos, ayudarnos. Me siento bien viendo que va creciendo la participación de los jóvenes. En la audiencia por la ley de glaciares, fuimos tres o cuatro personas grandes y el resto fue gente joven, de 20, 25, 30 años. Es un espacio que hay que ayudar a formar. Yo tengo tiempo porque estoy jubilada y tengo formación porque he tenido esa suerte. Cuando hablo de devolver, es esto: ayudar a organizar, ayudar a construir, ayudar a reflexionar juntos y ayudarme yo también a aprender de la gente joven.
- Para cerrar, ¿qué le dirías a un docente joven, o a un docente sindicalizado que está dudando de qué hacer en este contexto?
Yo le diría que lo quieren ingenuo y lo quieren desconectado. El capitalismo necesita eso. Si entendemos que eso es lo que quiere el enemigo, tenemos que hacer un esfuerzo por integrarnos, por encontrar espacios de debate, de discusión, por intercambiar con nuestros propios compañeros en la escuela, en la organización sindical, en la comunidad, en el barrio, donde sea. La voz del docente en general es una voz escuchada y respetada. Tenemos que aprovechar esa capacidad y ese reconocimiento social para ayudar en un momento difícil en la Argentina. El momento es difícil en general en el mundo, con el fascismo político, la adhesión sin condicionamientos a las directivas de Estados Unidos. No estoy diciendo que cada uno de nosotros puede cambiar la situación, pero digo que el colectivo, si nos integramos, si nos sumamos, podemos encontrar caminos.