24/03/2026
Educar en y para la democracia
Reflexiones docentes sobre el estado actual de democracia a 50 años del golpe cívico-militar.
Por: Educatopía
Historia y contexto
A 50 años del infausto gobierno militar que instauró el periodo de mayor crueldad, terror y violencia política conocido hasta entonces, nos encontramos ante un momento crucial para la historia de nuestro país. Habiendo pasado ya medio siglo de este hecho histórico y 43 años de democracia ininterrumpida, no podemos decir que esta última haya cumplido sus objetivos. Más bien, todo lo contrario.
El gobierno democrático de Javier Gerardo Milei se hizo con el poder alcanzando un 55,69% de los votos en noviembre de 2023. Si bien el origen de ambos gobiernos es diametralmente opuesto, uno elegido por su pueblo y el otro impuesto por la fuerza de las armas, comparten un objetivo central: la miseria planificada.
Muy a nuestro pesar, hay un claro aprendizaje del que debemos tomar nota: con esta democracia no alcanza, no se come, no se educa y tampoco se cura.
En la Argentina de hoy, según datos de UNICEF, más del 46% de los niños en nuestro país son pobres. La mayoría de los docentes cobra salarios por debajo de la línea de pobreza o tiene múltiples trabajos -dentro y fuera de la educación- para poder cubrir sus gastos básicos. Nuestros estudiantes no saben si tenernos respeto o tenernos lástima, si somos autoridad o compañeros de pobreza, como dijo Bleichmar hace 20 años. Los médicos, a quienes durante la pandemia la sociedad aplaudía, hoy son enviados por una cosplayer, disfrazada de Diputada Nacional, a elegir otra profesión si su salario no les alcanza para vivir. ¿Qué sociedad puede tener aspiraciones de progresar, de avanzar hacia un futuro mejor, si no se hace cargo de sus niños y niñas, si desprecia sistemáticamente a las tres figuras éticas que fueron el médico, el profesor y el policía, si golpea a sus adultos mayores y deja morir a sus enfermos? Ninguna.
El ataque y la persecución judicial a la prensa, el amedrentamiento a intelectuales y artistas, el abandono a los discapacitados y los enfermos de cáncer, la agresión a un niño con autismo y la violencia, física y simbólica, a la que nos someten diariamente, son algunos de los hechos que nos obligan a levantar la voz.
La crisis educativa es moral -y económica-.
En los titulares de diarios, portales, noticieros, streamings y redes sociales solemos leer que la escuela está en crisis, que los resultados en las pruebas estandarizadas nos indican que “los jóvenes no entienden lo que leen”, que no pueden hacer cálculos complejos y tantas otras frases trágicas más. Pero si uno presta atención a quienes producen esos discursos, sobre el estado actual de la educación, podrá observar algo central: ninguno vincula los resultados obtenidos con el contexto donde se desarrolla la educación evaluada. Ocultan o ignoran las condiciones materiales de vida de los docentes y de nuestros estudiantes.
Pareciera como si las clases que los docentes damos todos los días a esos jóvenes no estuvieran atravesadas por el ruido que hacen los estómagos de los estudiantes, por la violencia a la que están sometidos a diario en sus barrios o la ausencia de sus padres que deben trabajar 12 o 14 horas, producto de una precarización laboral constante. O por nuestra propia precarización, donde a veces no sabemos ni en qué escuela estamos por la cantidad de horas e instituciones a las que debemos asistir para intentar llegar a mitad de mes.
Lo que más debería preocuparnos es la apatía, el desinterés, el desgano y la imposibilidad simbólica de imaginar un futuro mejor.
Sin embargo, esto no es lo más importante al momento de hablar de la crisis que atraviesa la educación. A fin de cuentas, lo económico claro que es de los mayores desafíos que atraviesa nuestro país, pero es de lo que algunos llaman los “problemas fáciles". La realidad material y concreta puede cambiar de un momento a otro, explotando nuestros recursos naturales o vendiendo soja en un contexto de guerra mundial, quizás rápidamente tengamos los dólares necesarios para transformar esa realidad macroeconómica. Además, tenemos al mejor equipo de los últimos 50 años y a un experto en crecimiento económico con o sin dinero. Pero lo más preocupante de la crisis que atraviesa la educación no es su realidad material. Lo que más debería preocuparnos es la apatía, el desinterés, el desgano y la imposibilidad simbólica de imaginar un futuro mejor.
Hoy, el suicidio es una de las mayores causas de muerte en nuestros adolescentes. Y frente a eso, quienes se desgarran las vestiduras hablando de lo mal que está la educación, de los docentes que no queremos trabajar, que tenemos tres meses de vacaciones, y de tantas otras cosas, no dicen ni hacen nada.
Podemos tener todos los recursos del mundo, podemos invertir el 3%, el 6, el 10 o el 50… Pero de nada sirven los recursos si frente a la injusticia somos apáticos, si enseñamos a nuestros niños a mirar para otro lado cuando ven una familia entera durmiendo en la calle, o a alguien hurgando en la basura en busca de alimentos. Si cada vez que le pegan a un jubilado bajamos con el dedo y le damos Me gusta a un video de gatitos u otro creado con IA de una jirafa manejando un helicóptero. De nada va a servir tener una ley, un presupuesto si no entendemos (y actuamos en consecuencia), que la degradación moral y ética que las instituciones democráticas vienen sufriendo hace más de dos décadas, nos está llevando a nuevas fases de un capitalismo tecnocrático, algorítmico y postdemocratico.
La corrupción y el fetichismo del poder: entre el circo de la política y la crisis de representatividad.
Si todo es político, nada es político.
Si hablamos de política y corrupción, muy pocos son los que no quedarán bajo el manto de sospecha. Entre criptoestafas, cuadernos, bolsos, conventos y parques eólicos; de un lado y del otro habrá acusaciones cruzadas y aunque sepamos que algunos cuentan con impunidad total desde hace muchos años, debemos insistir con algunas ideas ya desarrolladas hace tiempo.
Si todo es político, nada es político. La política y lo político no son la misma cosa, la primera refiere al conjunto de actores (miembros de una comunidad). Lo político son las acciones, las instituciones y los principios que este conjunto de actores ejerce, representa y por los que lucha.
Hoy estamos atravesando un conjunto de crisis, educativa, económica, social y política. Las instituciones y órganos democráticos parecen quedar acéfalos frente al poder de bufones tecnócratas y gobernantes delirantes. Y más allá de la corrupción de los gobernantes, el que quiera detenerse a mirar las fortunas que amasaron y amasan está a la vista de todos, hay una doble corrupción de la que somos, en parte, responsables.
Para Dussel, lo peor no eran los bienes mal habidos -ni los yates, ni los relojes de oro, ni las casas en countrys, ni las empresas off-shore-, lo peor es el desvío de sus funciones. En última instancia, los gobernantes y funcionarios son representantes de un poder delegado, son meros servidores de sus comunidades, ejecutores de un ejercicio obediencial que se corrompe más cuando la comunidad (el pueblo), les permite ocupar esos lugares sin responder a los intereses de la propia comunidad.
“La corrupción originaria de lo político, que denominaremos el fetichismo del poder, consiste en que el actor político […] cree poder afirmar a su propia subjetividad o a la institución en la que cumple alguna función […] como la sede o la fuente del poder político. […] Si los miembros del gobierno, por ejemplo, creen que ejercen el poder desde su autoridad autorreferente (es decir, referida a sí mismos), su poder se ha corrompido. […] El no referir, el aislar, el cortar la relación del ejercicio delegado del poder determinado de cada institución política con el poder político de la comunidad (o pueblo) absolutiza, fetichiza, corrompe el ejercicio del poder del representante en cualquier función.
La corrupción es doble: del gobernante que se cree sede soberana del poder y de la comunidad política que se lo permite, que lo consiente, que se torna semil en vez de ser actora de la construcción de lo político […] No importan los aparentes beneficios que se le otorguen al gobernante corrompido, lo peor no son los bienes mal habidos, sino el desvío de su atención como representante: de servidor o del ejercicio obediencial del poder a favor de la comunidad se ha transformado en su esquilmador […] Toda lucha por sus propios intereses, de un individuo (el dictador), de una clase (como la burguesa), de una élite (como los criollos), de una “tribu” (herederos de antiguos compromisos políticos), son corrupción política.”
Dussel, E. (2006). 20 tesis de política. Siglo XXI Editores / CREFAL.
Además de la corrupción de la política, asistimos a la corrupción de una parte considerable de los sindicatos. Muchos de sus referentes dejaron de representar los intereses de los trabajadores y pasaron a negociar y gestionar intereses personales y corporativos. El rol pasivo de muchos de los sindicatos frente a la reforma laboral y a la miseria planificada a la que nos exponen es otro ejemplo más de la corrupción política (como la entiende Dussel), que nos tiene sumidos en una situación de precariedad absoluta, a los docentes y al conjunto de la clase trabajadora.
Sin embargo, hay muchos referentes sindicales que intentan hacer frente a estas políticas de hambre y represión, pero las condiciones actuales de nuestra sociedad, y en parte cierta incapacidad para leer las nuevas dinámicas comunicacionales y de representación, no estarían resultando efectivas para convocar a la enorme mayoría de los trabajadores sindicalizados y los que quedaron afuera de todo paraguas legal y económico que puede implicar estar bajo un convenio colectivo.
Soñar con un futuro mejor no es algo deseable, es una obligación que tenemos como docentes frente a nuestros estudiantes.
La crisis de representación es enorme, tanto de los sindicatos como de los partidos políticos que pretenden ser una oposición crítica y democrática. Ninguno está dando en la tecla para representar a las enormes mayorías, mucho menos para ofrecer una alternativa política y un proyecto de país que convoque, tanto a los votantes opositores como a los que no fueron a votar. Hace falta encontrar nuevas herramientas, nuevas estrategias y acciones dentro de todos los territorios que habitamos, en las fábricas, en los comercios, en las escuelas, en las universidades, en la calle, y también en el nuevo territorio que es internet, el cual no conoce fronteras municipales, provinciales ni nacionales.
La democracia es un valor a defender, pero no ésta democracia. Debemos ampliar los horizontes de nuestra imaginación, recuperar la dignidad que hemos perdido. Soñar con un futuro mejor no es algo deseable, es una obligación que tenemos como docentes frente a nuestros estudiantes. Si no podemos transformar la realidad material de hoy, al menos intentemos colectivamente proyectar un futuro mejor y vayamos por él.