07/03/2026
Crónica de una inundación
O sobre cómo enseñar con fibrones prestados
Por: Águeda Larsen
El 7 de marzo de 2025 en Bahía Blanca y zonas aledañas la aventura no tocó el timbre. Los protagonistas involuntarios de esta hazaña se despertaron temprano en su mundo ordinario y no encontraron las pantuflas al lado de la cama. El territorio desconocido no fue algo que salir a conquistar con barcos, espadas o anillos mágicos en mano sino una impresión sobre el propio mundo cotidiano con forma de arroyo que irrumpió con la fuerza de 400 mil gigantes líquidos llevando a cuestas heladeras y haciéndole pito catalán al amor que cada puerta tenía por sus bisagras.
Introducción
Esta no es la crónica de un paseo, como las que suelo pedirle a mis estudiantes cuando vamos de excursión a la Biblioteca Rivadavia, al Teatro Municipal o a Espacio Tec. Pero sí es la crónica de un periplo.
Y acá se empieza a mostrar la hilacha de mi identidad de “vieja de Lengua”. El término proviene del griego περίπλους: de περί (‘alrededor’) y πλέω ('navegar'). Según Wordreference, un ‘periplo’ es la “navegación que se efectúa alrededor de algún lugar”. Se presumen a partir de esta definición dos elementos necesarios: a) la existencia de quien navega y b) la de un espacio que permanece lo suficientemente estable como para permitir que se circule a su alrededor o a través de él.
Odisea, Eneida, Robinson Crusoe, Los viajes de Gulliver, Moby Dick, La isla del tesoro… La literatura desde siempre se ha ocupado de sentarnos a punta de proa, salpicarnos con frío y sal, mecernos frente a las letras, los animales fantásticos y la sensación de un destino inminente. Sus protagonistas destacan por cualidades o habilidades deslumbrantes y encarnan el modelo de lo que Joseph Campbell dio en llamar “el camino del héroe”:
El héroe se lanza a la aventura desde su mundo cotidiano a regiones de maravillas sobrenaturales; (...) tropieza con fuerzas fabulosas y acaba obteniendo una victoria decisiva; el héroe regresa de esta misteriosa aventura con el poder de otorgar favores a sus semejantes (Campbell, Joseph (1949), The Hero with a Thousand Faces).
Se añade, pues, según Campbell, un nuevo ingrediente a esta receta náutica: c) la existencia de un espacio que permanezca lo suficientemente estable como para permitir que se lo abandone y se vuelva a él luego de recorrer otros sitios.
El periplo que me toca contar contiene todos estos ingredientes, aunque ligeramente trastocados.
PRIMERA ETAPA. Mundo ordinario, mundo desconocido. El llamado
El camino del héroe que propone Campbell se repite sin cansancio en la narración de aventuras de todo tipo y siempre comienza de la siguiente manera: el héroe arranca desde (o es arrancado de) su mundo ordinario al recibir algún tipo de llamada para penetrar en otro, desconocido.
El 7 de marzo de 2025 en Bahía Blanca y zonas aledañas la aventura no tocó el timbre. Los protagonistas involuntarios de esta hazaña se despertaron temprano en su mundo ordinario y no encontraron las pantuflas al lado de la cama. Las vieron flotar en otras habitaciones junto al cesto de basura o los listones de madera de algún parquet. El territorio desconocido no fue algo que salir a conquistar con barcos, espadas o anillos mágicos en mano sino una impresión sobre el propio mundo cotidiano con forma de arroyo que irrumpió con la fuerza de 400 mil gigantes líquidos llevando a cuestas heladeras y haciéndole pito catalán al amor que cada puerta tenía por sus bisagras.
Ingredientes b) y c), el espacio de origen y el espacio a conquistar, tan inalterables que parecían en la teoría, brillaron por su inestabilidad.
"Y habrá héroes que con su gesta puedan solos… Pero yo siempre preferí las historias donde hay personajes secundarios que bancan la parada."
SEGUNDA ETAPA. La prueba y los ayudantes
En un segundo estadío, Campbell identifica que el héroe que acepta la llamada para entrar en este mundo extraño debe enfrentarse a diversas tareas y pruebas, ya sea en solitario o con ayuda.
En este caso, la prueba a superar se presentó ante los personajes principales de marzo como un frío líquido que trepaba por entre los muebles, las mesadas y las piernas a una velocidad pasmosa. Tanto subió para algunos de ellos que terminaron encima de los techos, con mascotas bajo el brazo o con el criterio de lo que se considera “normal” un tanto empañado. En otros casos, fue incluso peor.
La hazaña en cuestión se desarrolló en ese mundo ordinario que había sido aplastado por el curso del agua, permaneciendo el mismo pero distinto, con las cosas de siempre pero no del todo. El barro había lamido todo recoveco imaginable; había dado play al proceso de autodestrucción de fotos de abuelos casándose, niñas/os entrando a la primera salita de jardín y álbumes de figuritas guardados con cariño. Si alguna vez nos habíamos preguntado cómo sería nuestro hogar si se ubicara a orillas del Aqueronte, lo descubrimos.
Y habrá héroes que con su gesta puedan solos… Pero yo siempre preferí las historias donde hay personajes secundarios que bancan la parada. En muchos casos, de hecho, sostienen la carga humorística, quiebran la tensión narrativa y, en Disney, suelen cobrar forma de animal: suricatas y jabalíes, pececitos y langostas, dragones y grillos de la suerte…
Cantidades ingentes de amigas y amigos aparecieron después de ese viernes catabático al mediodía o a la tarde para emprender la limpieza. Sabían que en ese argumento nadie se salvaba solo. Trapeaban, lavaban, sumergían en lavandina todo lo que cupiera en una palangana y preparaban mate. De a ratos lo sentí como un cumpleaños porque estaban casi todos, los que no habían sufrido el avance acuático en carne propia estaban ahí con mi familia y conmigo. Pero era un cumpleaños que duraba varios días y donde muchas veces llorábamos.
Hasta que un día llegó un vehículo con una patrulla de pibes de entre 14 y 16 años que se apersonaron con parlante en mano, litros de lavandina y sin mucha idea de lo que había que hacer. Al cumpleaños, se le superpusieron las aulas. Y todo cabía en mi casa. Oníricamente superpuesto. A varios de ellos no los conocía siquiera. Pero estaban ahí.
La escuela había dividido en grupos de trabajo a los alumnos que querían ayudar haciendo trabajo de campo. “Qué curioso”, me dijo mi psicóloga un día. “Justo los adolescentes, de lo que se dice que nada les importa, que viven por y para sus teléfonos” se levantaban temprano para ayudar a acomodar donaciones en la escuela o para ir a casas como la mía a lavar discos de vinilo, despegar costras grises del piso del patio, sumergir objetos en arroz y seguir cebando mate. Lo que más recuerdo oírles decir es “Ya terminé. ¿Y ahora con qué sigo?” cuando dejaban limpia una ventana o finiquitaban el barro del interior de un cajón.
"Hasta que un día llegó un vehículo con una patrulla de pibes de entre 14 y 16 años que se apersonaron con parlante en mano, litros de lavandina y sin mucha idea de lo que había que hacer. Al cumpleaños, se le superpusieron las aulas. Y todo cabía en mi casa. Oníricamente superpuesto. A varios de ellos no los conocía siquiera. Pero estaban ahí."
TERCERA ETAPA. El don y el regreso al mundo ordinario
Si el héroe sobrevive, sostiene Campbell, obtiene un gran regalo, don o bendición. Después, debe decidir si regresa al mundo ordinario con el don adquirido y supera las pruebas que a partir de ello se le presentan.
En las películas y las novelas no lo parece. Pero los personajes secundarios tienen una vida que les es propia. Es decir, que su secundariedad es relativa: depende de a quién consideremos principal. Y ese criterio es lábil, dinámico. Así que la aventura compartida llegó a término cuando los ayudantes retomaron sus carriles habituales de existencia: la escuela reabrió sus puertas para ir recibiendo a quienes estuvieran en condiciones de asistir, los adultos volvieron a sus puestos laborales.
A mí la reincorporación me tomó unos días más de limpieza fina y de precipitación de fichas. Caían una a una. Cuando una se acercaba al cajón del pelapapas y descubría que ya no estaba ahí. Cuando salías de bañarte y no sabías en qué bolsa de ropa limpia detectar un par de medias. Cuando se acercaba la fecha de volver a la escuela, pero no había una birome propia con la que volver. No importa tanto la ubicación geográfica per se de los objetos, sino el recordatorio constante de una sensación de ajenidad de lo propio que se desprendía del desencuentro con esos objetos. Lo que había sido, en ocasiones había dejado de ser; en otras, se dedicaba a ser pero en otra locación. Todo aquello que hubiese superado las pruebas de selección antibarro y antihongos, comenzó a ocupar, aún dentro de la casa, otros espacios.
Con el tiempo, me di cuenta de que los roles también se habían trastocado. Así como el arroyo se había sobreimpreso en mi casa, la docencia se había superpuesto a la domesticidad. Recuerdo situaciones como haber vuelto de curarme el dedo —cuya huella digital me había rebanado con un clavo— y haber caído en el sillón en una confusión existencial. Entonces, fue Pablo, uno de mis no-alumnos, quien se encargó de responder a todos los llamados a la puerta esa tarde. Otra vez, subí a la oficina de mi papá, donde nos habíamos refugiado frente al diluvio, y encontré a Joaquín con mi gata a upita: él la acariciaba lentamente como si supiera que hacía días que ella dormía solita en un baño que no reconocía como propio. Julieta, Delfina, Benjamín, Francesco, Gino, los Francos, un Genaro y más estudiantes lavaron muebles, cacharros y hasta relojes pulsera.
Toda esta información se empezó a revelar cuando los órdenes superpuestos iniciaron el trayecto inverso a la adherencia. De forma que el regreso al mundo ordinario se implementó en una lucha diaria por comprender hasta dónde se había modificado de forma permanente lo conocido y cuáles de aquellos cambios podían devolverse a lo primigenio.
Fue entonces cuando divisé el don del que hablaba Campbell. En la escuela, en las revistas de niños para colorear y en las fábulas que había leído, siempre se insistía en la solidaridad, en ofrecer(se) al otro y compartir. Ser buena amiga, prestar los lápices, escuchar atenta. Pero lo que nunca me habían enseñado, para lo que nunca habían entrenado a esta “niña Billiken” se condensaba en un infinitivo muy sencillo, cotidiano, casi mundano. Hasta marzo de 2025 no había comprendido ciertamente lo que significaba ‘recibir’: ayuda, gente, manos a raudales, abrazos, viandas, kits de limpieza, mensajes. El regalo de lo recibido se mezcló con el aprendizaje de la recepción.
"Entrar al aula es una firme declaración de intenciones de cambiar el universo. Volver a entrar al aula fue la confirmación de que ese universo era mejor de lo que yo creía."
CUARTA ETAPA. Cambiar el mundo
Campbell finalmente advierte que si decide volver al mundo, el héroe puede usar el don obtenido para mejorar el mundo.
Entrar al aula es una firme declaración de intenciones de cambiar el universo. Volver a entrar al aula fue la confirmación de que ese universo era mejor de lo que yo creía. Volví liviana, con pocas cosas en el bolso y unos fibrones para pizarra que me había regalado una amiga. Todo parecía estar en su lugar: los bancos, el patio de palmeras, la cantina… Sólo los grupos parecían haber sufrido modificaciones: donde los encontraba hasta diciembre había estudiantes nuevos, lo cual siempre es algo a tramitar. Los chicos crecen tan rápido…
La que parecía no estar en su lugar era yo. El sistema operativo de profesora estaba a medio configurar para el nuevo ciclo lectivo. Parecía que todo seguía la normalidad habitual pero en mi casa ya no había manuales para planificar clases ni cuadernillos. La concentración se había ido. Había que esperar que volviera a casa, junto al resto de la cabeza.
Cuando caí en la cuenta de que hasta el cuerpo respondía con extrañeza al pararse en el aula y reproducir los movimientos de siempre, se me acercó Juani, un alumno que recién conocía, y me preguntó en voz baja:
—Profe, ¿ya te recuperaste bien?
El mundo no lo había hecho mejor quien navegó las aguas en un periplo fortuito sino quienes esperaban con el corazón sonriendo en el mundo ordinario al que había que volver.