24/01/2026
LA TAREA DE EDUCAR A LAS FFAA
Entrevista a Sabina Frederic, ex Ministra de Seguridad de la Nación.
Por: Educatopía
Sabina Frederic es Doctora en Antropología Social, investigadora del Conicet, docente universitaria y ex funcionaria nacional especializada en el estudio de las fuerzas armadas y de seguridad en la Argentina. Desarrolló una extensa trayectoria académica en universidades nacionales y en proyectos de investigación sobre instituciones estatales, poder y democracia.
Su infancia marcada por la dictadura y la militancia peronista en su casa la llevó a preguntarse cómo se forman y actúan las fuerzas de seguridad, lo que derivó en años de trabajo de campo con policías, militares y gendarmes, y en propuestas concretas de reforma institucional. Fue convocada al Ministerio de Defensa para impulsar políticas de género y cambios en la formación militar, y más tarde fue Ministra de Seguridad de la Nación, donde buscó conducir a las fuerzas desde un enfoque que integra derechos humanos, profesionalización y conocimiento etnográfico, propio de la antropología, de las fuerzas armadas desde adentro.
-¿Qué te motivó a dejar la academia para adentrarte en la gestión pública?
Es una pregunta que es difícil de responder porque yo fui encontrando que a partir de la decisión de investigar a las fuerzas de seguridad, a las policías, como un ámbito de trabajo o como una profesión, no solo verlos como represores o victimarios de los crímenes cometidos durante la dictadura, fue abriéndose la vacancia de preguntarse también por los militares a partir de la gestión de Nilda Garré como ministra de Defensa.
No lo pienso tanto como un corte, sino como una continuidad. Cuando uno hace gestión no estás haciendo investigación, pero yo hice gestión con ese plafón. No solo era conocimiento empírico de lo que ocurría, sino también conocimiento de personas dentro de las fuerzas que hicieron que todo el trabajo posterior de modificación de planes, etcétera, estuviese sostenido por vínculos de alguna confianza. Cosa que no era fácil en ese contexto construir vínculos de confianza porque fue el periodo en que empezaron los juicios por delitos de lesa humanidad y en los que la mayor parte de los victimarios eran militares, algunos en actividad, pocos, pero algunos estaban en actividad.
Lo que pasaba era que la información con la que contaban los funcionarios, sobre todo ella (Garré), era una información muy filtrada por los altos mandos de las fuerzas o por personas que habían pasado por el mundo militar, que habían hecho los liceos o que se habían retirado con poca antigüedad. Le hablaban de la dictadura, de una época que ya había pasado, le hablaban de los 70, de los 60, pero no de los militares en en este periodo que fue 2005, 2006 en adelante. Fue ahí que empezó a aparecer la demanda de conocer desde adentro a los militares.
Cambiamos el régimen de estudio en la formación para que hubiese tiempo para estudiar, una cierta flexibilidad en cuanto al tiempo; para que la semana no se dividiera en tres días de estudio y dos días de instrucción, sino que hubiera 15 días de instrucción y semanas completas de estudio. Introdujimos el examen, armamos un esquema para que en algún momento los oficiales y cadetes pudieran salir del colegio y estudiar materias en la universidad.
Primero con el tema de género fuimos construyendo de alguna manera por problemas que había dentro de las fuerzas armadas: problemas vinculados con las bajas del personal más moderno o problemas con los traslados y otras cuestiones. Terminamos proponiendo hacer un trabajo un poco más profundo y de más largo plazo, que no me retiró a mí de la academia porque siguió siendo investigación.
Después apareció el pedido de que yo me convirtiera en funcionaria a cargo del área de formación y ahí me parecía que era un lugar donde yo podía aportar, donde podía ofrecer lo que yo había aprendido durante las investigaciones previas a ese terreno. Eso hizo que pidiera una licencia en la universidad y trabajase 3 años en esa área generando políticas que estuviesen más cerca del consentimiento de los militares. Lo que veía era que había una disociación muy grande entre lo que las políticas de reforma muchas veces buscaban y un mínimo consenso interno dentro de las fuerzas, ya sea policías o militares. Eso hizo que aceptara el cargo de gestión, la posibilidad de aportar desde el conocimiento producido en la investigación.
-¿Qué implicó la integración de políticas de género en las fuerzas armadas?
A mí me convoca Nilda Garré (ex ministra de Defensa) para la creación de un observatorio sobre la integración de las mujeres militares a las fuerzas armadas. ¿Cómo hacer para que las mujeres militares no solo entraran a la carrera, sino que desarrollaran su carrera con relativa equidad en un ámbito muy masculino? Un ámbito donde las mujeres, como decía una colega: “no es que no estaban las mujeres, pero las mujeres que estaban eran las mujeres de los oficiales”. que de alguna manera se asociaban los rangos de sus maridos con ellas.
Las mujeres ya habían entrado hace un tiempo a las fuerzas armadas cuando se deroga el servicio militar obligatorio en el 95. Esas mujeres estaban en el cuerpo profesional, eran médicas, abogadas, bioquímicas, que habían hecho la carrera universitaria y después tres cursos, tres meses de un curso como de aprestamiento militar muy diferente a el ingreso de las mujeres al colegio militar de la nación, a la Escuela Naval o a la Escuela de Aviación.
Lo que hicimos fue un observatorio de integración de las mujeres de las fuerzas armadas argentinas, que fue básicamente un espacio de investigación y de relevamiento de información: ¿qué les pasaba a las mujeres? ¿qué problemas tenían?, etc. Y a partir de ahí creamos un consejo de políticas de género con mujeres de las diferentes fuerzas y diferentes rangos que se reunía una vez por mes y definía la agenda de temas. Eso siguió y se fueron haciendo un montón de reformas, muchas por pedido de las mujeres militares, se crearon las oficinas de género dentro de las fuerzas armadas y muchas de esas políticas también se trasladaron al Ministerio de Seguridad.
Había mucha discusión. El consejo fue integrado también por mujeres civiles, no solo militares. Toda la primera etapa fue de entender, sobre todo las no militares, entender el mundo militar, los límites que había al trasladar políticas de equidad del ámbito civil al ámbito militar. La verdad que fue duro, pero fue muy instructivo todo eso para nosotras.
-¿Cómo se vivió todo esto al interior de las fuerzas? ¿Cómo fue para las fuerzas contar con líderes femeninas en los cargos más altos?
Yo creo que el el mayor problema era una ministra mujer como Nilda Garré, porque tenés a Patricia Bullrich que podría haber sido Ministra de Defensa y es un perfil absolutamente diferente. Si bien había muchos militares que me conocían por el trabajo que habíamos hecho el año anterior y nos tenían respeto, sobre todo en el ejército, yo tenía mucha más aceptación en el Ejército que en la Armada o en la Fuerza Aérea.
El Ejército me respetaba porque yo en el 2008, que fue todo un año, recorrí las unidades militares más distantes. Desde Rospentek en Santa Cruz, que queda en el vértice de la frontera con Chile, en el sur de Santa Cruz hasta San Antonio de los Cobres, me moví por todos lados siguiendo sus indicaciones. Eso generó cierto respeto y cierta confianza.
Pero lo más difícil era aceptarla a ella, que venía de la izquierda peronista y que tenía una política centrada en los derechos humanos en un momento en el que avanzaban los juicios por delitos de lesa humanidad y bueno, muchas de sus políticas estaban un poco orientadas en ese sentido. Tal vez mirándolo la distancia con el diario del lunes, creo que un poco se saturó en la gestión con la cuestión derechos humanos.
Tal vez mirándolo la distancia con el diario del lunes, creo que un poco se saturó en la gestión con la cuestión derechos humanos.
Se saturó en el sentido de que terminó creando resistencias en lugar de que se lo tomaran como algo que formaba parte de la formación de cualquier militar en casi cualquier país del mundo occidental. Se forman en derechos humanos, pero acá estaba tan ligado a la memoria de los 70 y esta generación no se veía como parte de los militares victimarios en general. No digo que algunos no se consideraban herederos, pero en general no. Y la generación mayor, la que hoy tiene casi mi edad, eran muy críticos de sus superiores y de lo que los superiores cuando ellos eran oficiales jóvenes, hicieron con ellos. De la discrecionalidad, de las arbitrariedades, de los castigos innecesarios, del modo en que les rompieron el cuerpo, las rodillas, los oídos. Eran muy críticos y también institucionalmente.
Nilda Garré no era solo una ministra mujer, sino además una mujer muy combativa, muy responsable. Es la funcionaria más responsable que conocí en mi vida, una mujer que tenía para bien y para mal, un sentido de la responsabilidad pública atroz. Era una máquina de trabajar y nos mataba a todos nosotros.Y a veces esa convicción de que todo lo que se podía hacer se iba a hacer en ese momento, porque después todo iba a cambiar, hizo que quizás hubiese medidas que eran contraproducentes. Pero fue una maravillosa experiencia y yo sigo en contacto con ella a pesar del tiempo.
-¿Cómo percibís el desgaste del discurso de derechos humanos en el ámbito militar y educativo?
Nosotros lo vimos en Defensa también, había algo que no estaba funcionando y que no se podía leer solo como resistencia. Obviamente que había resistencia, pero también había como una dificultad para que eso no sea visto como un castigo. Era recibido como yo te voy a enseñar derechos humanos, te voy a mandar casi obligadamente a escuchar personas que hablen de esto. Era percibido como un castigo, no era percibido como un aprendizaje para la mejora del desempeño profesional con un montón de argumentos, algunos atendibles y otros no tanto. Esto hacía que las generaciones más jóvenes, que nada habían tenido que ver con los 70 claramente, porque ni siquiera estaban en las fuerzas, muchos habían ingresado a la fuerza en democracia. No se hacían ningún cargo de que estaban en una institución que estaba complicada.
Yo creo que socialmente eso se vio después. Creo que este gobierno que tenemos de Milei lo dejó más claro: había un desfasaje, un desfasaje generacional. Lo que pasa con los estudiantes, con los chicos, está muy lejos de la vida del presente lo que ocurrió en los años 70. Es como para mí que nací en el 65 que me hablaran de la Segunda Guerra Mundial. Sí, forma parte de las películas, pero no hay una conexión en la experiencia personal de esos acontecimientos.
Y después me parece que pasó otra cosa que empezó a estar muy presente la idea o la crítica de que se kirchnerzaron los derechos humanos, la crítica de que se estatizaron los derechos humanos. Lo de Macri que fue exitoso, terminó vendiendo esta idea de que había un curro en los derechos humanos.
"Era recibido como yo te voy a enseñar derechos humanos, te voy a mandar casi obligadamente a escuchar personas que hablen de esto. Era percibido como un castigo, no era percibido como un aprendizaje para la mejora del desempeño profesional con un montón de argumentos, algunos atendibles y otros no tanto."
Pero más allá de esos discursos chicaneros también está la desconexión, que desde mi punto de vista hubo, entre la lucha por la memoria, la verdad y la justicia en relación con el terrorismo de Estado de los 70 y los problemas de la vida cotidiana que tienen las personas en el presente. Hoy sí, estamos en democracia, pero la democracia que tenemos es una democracia que está llena de problemas, no le da trabajo a la gente o le da trabajos de mala calidad, con bajos salarios, no provee una salud ni una educación de calidad, que no provee recursos habitacionales.
Yo lo que también percibo es que me parece que hay una generación sobreviviente de los 70 que siente que le debe algo a aquellos que ya no están, que quedó muy atrapada en el activismo y en la militancia en relación con esos hechos, pero no tanto con lo que le pasa a la población hoy.
. Y después está lo que este gobierno también reclama, que es como otra memoria parcial, que son cosas que no se explicaron sobre los 70 o que no se discutieron sino muy internamente. Como la violencia armada, las víctimas de la violencia de las organizaciones guerrilleras, el decreto que ordena el aniquilamiento de la subversión durante el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, firmado por un montón de gente…en fin, todas esas cosas empiezan a hacer ruido y ese ruido también me parece que se intenta que cobre mayor resonancia.
Hay una coincidencia entre sectores que son hijos de víctimas de las organizaciones armadas y es un rechazo rotundo a la dictadura militar. Por más matices y discusiones, críticas sobre qué pasó con la memoria, no encontras gente que te diga “Videla estuvo genial y lo mejor que pudo haber hecho es lo que hizo”. No digo que todos piensen eso, pero es más el cuestionamiento a todo lo que pasó después y el problema es que ese cuestionamiento genere el rechazo y la clasificación de “si cuestionas esto sos un negacionista” y muchas veces no es así. También la cancelación estaba, no se podía cuestionar o criticar que se transformaba en negacionista.
-¿Qué impulsó la reforma de los planes de formación en las fuerzas armadas?
Hubo dos momentos: uno previo a mi llegada a la Subsecretaría de Formación del Ministerio de Defensa, que fue la introducción de siete materias obligatorias en la formación de oficiales de las tres fuerzas armadas y una serie de ejes que tenían que ser incorporados en la formación de los suboficiales. Toda una serie de materias que buscaron en ese momento actualizar a la formación de los oficiales. Todos ellos, además, tenían una formación universitaria, en algún sentido era también democratizar el conocimiento, que llegara cierta bibliografía a esas esferas.
Cuando yo asumí, Garré estaba muy preocupada porque todos los libros que eran parte de la biografía obligatoria no habían llegado a las bibliotecas de las escuelas. Entonces, nosotros con un compañero, Germán Soprano, que fue parte de ese proceso, decidimos hacer reuniones con los profesores que habían dictado ese primer año los cursos. Te doy este dato porque es clave para entender qué hicimos después.
Y lo que pasó fue que en realidad no había tiempo para estudiar, que era imposible leer esos libros que no habían llegado porque tampoco podían leer lo que ya estaba antes. No había tiempo material, los cadetes se dormían. La organización de la semana del cadete era una organización que estaba basada en tres días de estudio y dos días de instrucción. Te doy el ejemplo del Ejército: lunes, martes, miércoles, la parte teórica, jueves y viernes la parte de instrucción.
Pero la parte de instrucción era levantarse a las 4 de la mañana y hacer ejercicios todo el día. Eso, imagínate, acumulado en la semana. Toda la parte de aula, que era en aula y en campo, no solo consistía en atender a todas las clases en un sistema bastante escolarizado, muy de secundario o de terciario, sino que después era seguir con la rutina, que era devastadora, tenés que hacer todo al mismo tiempo que los demás. O sea, no te podés ir a dormir a la hora que querés, despertarte a las 2 de la mañana para estudiar o no, todo al mismo tiempo que los demás. Esto es tremendo.
Básicamente lo que pasaba es que no tenían tiempo ni energía para estudiar. Entonces, lo que hacían los profesores era hacer apuntes, les cortaban los pedazos de los textos que eran más importantes y hacían como una especie de compilación de apuntes, una fotocopia de un collage. Ni siquiera de partes de un mismo texto. Era lo que hacían para que estudiaran.
Y como decía un militar, ‘con alguien soplándote la nuca todo el tiempo, si estás o no estás haciendo”. Básicamente lo que pasaba es que no tenían tiempo ni energía para estudiar. Entonces, lo que hacían los profesores era hacer apuntes, les cortaban los pedazos de los textos que eran más importantes y hacían como una especie de compilación de apuntes, una fotocopia de un collage. Ni siquiera de partes de un mismo texto. Era lo que hacían para que estudiaran.
Después tuvimos la oportunidad de ir a Estados Unidos con el agregado militar de la embajada de Estados Unidos, porque cuando me vino a ver le dije, ‘Mira, yo quiero saber cómo se forman en la universidad allá”. Me llevó y ahí descubrimos que había distintas formas de construir a un oficial. Una era en West Point, en una academia como el Colegio Militar de la Nación o la Escuela Naval, y otra era a través de la universidad. El 75% de los oficiales del ejército de las fuerzas armadas norteamericanas pasan por la universidad. Primero hacen una serie de créditos, en Estados Unidos, el Estado les paga para que hagan la universidad y les garantiza que terminen esa serie de créditos de formación estrictamente militar. Entonces tenés oficiales que son psicólogos, pero que también prestan servicio en las fuerzas armadas.
Cuando volvimos de ese viaje, decidimos hacer, con Germán Soprano y Laura Mason, un seminario sobre la formación militar. Invitamos a norteamericanos, alemanes, franceses, brasileños y españoles para contar cómo se formaba un oficial en cada uno de sus países, junto con militares que estaban en las áreas de educación y conducción de la fuerza y alguna gente externa también.
Eso fue un gran acierto, porque no había nadie que te dijera “yo estuve en Francia, yo sé cómo es” y que sea incomprobable si era así o no era así. Entonces, acá todos escuchamos lo mismo. Se desplegó la formación en los diferentes países. Le hice un informe a Garré y le comenté: “Mira, lo que pasó con la formación de los oficiales fue esto: para ser universitarios, en lugar de hacer una nueva currícula, se juntaron la que ya tenían y la nueva. Entonces para formarte como oficial, tenías que cursar 60 materias, imposible de realizar.
Ahí convencimos a Garré de que había que hacer otra cosa: reestructurar los planes, no solo para seguir metiendo contenidos democráticos, sino reestructurarlos pensando en un perfil por competencias. Esto se trabajó sobre el perfil, se trabajó sobre las competencias y a partir de ahí se armó el plan de estudio de cada una de las fuerzas. Pero hicimos otra cosa más que para mí era lo más importante.
Cambiamos el régimen de estudio en la formación para que hubiese tiempo para estudiar, una cierta flexibilidad en cuanto al tiempo; para que la semana no se dividiera en tres días de estudio y dos días de instrucción, sino que hubiera 15 días de instrucción y semanas completas de estudio. Introdujimos el examen, armamos un esquema para que en algún momento los oficiales y cadetes pudieran salir del colegio y estudiar materias en la universidad. Armamos un esquema flexible pero con mucha resistencia.
Tuvimos básicamente el apoyo del Ejército; poco de la Armada, pero bueno eso se aprobó y funcionó un tiempo. Flexibilizaron el régimen de internación, empezaron a dejar salir un día por semana aquellos con buen promedio, luego dos días, etc., dándose cuenta que había algo que cambiar porque no les funcionaba.
"Durante el gobierno de Macri, a mí me vino a ver un general del Estado Mayor del Ejército, vestido de militar, a la Defensoría del Pueblo, para pedirme ayuda para frenar la avanzada de Bullrich, que en 2018 quería que ellos hicieran ejercicio de un poder de policía que no tienen (...) Ellos decían ‘Pero nosotros no somos ciudadanos cualquiera, estamos armados y no tenemos poder policía.’ Bueno, vinieron a pedirme ayuda; moví contactos y, al final, lo frenaron.”
-¿Qué impactos palpables observás en la seguridad democrática a partir de la reforma?
El ámbito militar tiene prohibida la intervención en seguridad interior, salvo que haya un estado de sitio. Por ejemplo: cuando De La Rúa en diciembre de 2001 decretó el estado de sitio, el jefe del Ejército, Brinsoni, fue convocado por De La Rúa, esto circula entre los militares que hoy son generales como memoria del pasado, y De La Rúa le dijo: ‘Bueno, voy a declarar el estado de sitio, necesito ustedes.’ y Brinsoni, ‘Nosotros no estamos en capacidad.’ Y todavía no había llegado Kirchner al gobierno. El tipo se dió cuenta de que, por lo que habían pasado (durante los años 70), no podían volver a pasar por eso, que eso había dejado una herida muy profunda en la institución y que se tenía que hacer cargo a la policía.
Así fue. La Policía Federal fue la única que se hizo cargo, pero hizo un desastre completo. Brinsoni se dió cuenta de que los militares estaban en otra sintonía, algo que representa muy bien Villarruel. Villarruel tiene la voz de ellos. Ellos no quieren saber nada de meterse en seguridad interior y resisten como pueden. Durante el gobierno de Macri, a mí me vino a ver un general del Estado Mayor del Ejército, vestido de militar, a la Defensoría del Pueblo, para pedirme ayuda para frenar la avanzada de Bullrich, que en 2018 quería que ellos hicieran ejercicio de un poder de policía que no tienen, invocando el artículo, creo que es el 294 del Código Penal, que establece que todo ciudadano debe intervenir en caso de flagrante delito. Entonces, ellos decían ‘Pero nosotros no somos ciudadanos cualquiera, estamos armados y no tenemos poder policía.’ Bueno, vinieron a pedirme ayuda; moví contactos y, al final, lo frenaron.”
-En diversas ocasiones se habla de los militares como “ciudadanos uniformados” ¿Qué cambios implica al interior de la fuerza esa conceptualización?
Lo que pasa es que ellos tienen conciencia de que eso realmente cambió mucho, pero cambió mucho, no solo por la formación que introdujimos. Yo era un poco resistente a seguir insistiendo con derechos humanos. Para mí, lo que había que hacer era —y eso está redactado en la resolución que define los criterios de la reforma— empezar a crear un sentido de responsabilidad individual, porque esto no es algo que no te dije, pero es clave y fue el inciso de la reforma que más se discutió con ellos. Nosotros creíamos que el militar, el cadete, tenía que aprender disciplina y a convertirse en responsable del tiempo que dedicaba al estudio. No podía ser que ese tiempo estuviera marcado por alguien que, desde afuera, lo castigara por no aprovechar el tiempo que tenía para estudiar según la autoridad, sino que debía ser una responsabilidad individual.
El cadete tenía que pensar: “Ok, yo tengo que rendir esta materia, gestionar mi tiempo, ¿cómo me organizo para que eso ocurra? Es mi responsabilidad. No puedo no crear ese sentido de responsabilidad propia y depender de otro que me está mirando y me está diciendo, ‘Te tenés que ir a dormir, te tenés que levantar, tenés que ducharte”.
Hay algo del sentido de responsabilidad individual que para mí era más importante que el contenido en derechos humanos. Y ahí hay una tensión, ¿no? Entre lo que impone la institución y lo que uno interioriza. El mando siempre está presente, desde cuándo te lavás los dientes hasta cuándo tenés que responder a un mando; no puede haber libertad absoluta, pero sí la posibilidad de desarrollar responsabilidad propia. No actuar como masa y por órdenes.
-¿Y sobre la libertad y la discrecionalidad que mencionas, no hay una tensión importante entre estos conceptos y la institución militar?
La hay, pero se modificó el código de justicia militar. Eso fue una de las reformas más importantes. Además, la primera reforma la hizo Alfonsín, que transfirió todos los delitos comunes a la órbita civil, dejando de juzgarse en la órbita militar. Eso lo hizo Alfonsín. Después, en la gestión de Néstor y de Garré, se reformó, se derogó la justicia militar, desapareció el fuero militar, se creó un código de disciplina y se distinguieron tiempos de paz y de guerra. Eso habilitó a un militar a decir “No, esto no lo hago.” Quedás afuera, te meterán preso, pero ya no hay tribunal de honor ni ley marcial. En la institución hay una mezcla de que siempre se hizo de la misma manera y nadie sabe por qué, pero porque funcionaba. Hay un miedo a la pérdida de disciplina, la pérdida de lo militar pero sobre todo, a la pérdida de disciplina.
Pero hay muchos militares muestran una sensibilidad mayor, perciben que las generaciones nuevas son diferentes. Ese cambio radical excede lo que dicta el programa de estudio; va más allá de lo curricular, lo que traen los jóvenes, que hoy son distintos a los de hace 20 años, o incluso a los de los 80. Entonces, se dan cuenta de que si se siguen haciendo las mismas cosas, no van a quedarse con nadie en las Fuerzas Armadas.
-Desde una perspectiva antropológica: ¿Cómo analizás la actualidad del pacto democrático y la construcción subjetiva de los jóvenes y su relación con el Estado?
Yo creo que que los acuerdos democráticos de los 80, que tampoco sé si eran muy profundos, se fueron resquebrajando porque bueno, pasó el tiempo, también hubo procesos que hicieron que se vieran también las inconsistencias de muchas de las cosas que que se hicieron, las consistencias de algunas y las inconsistencias de otras.
En ese sentido creo que los juicios por delitos de lesa humanidad fueron un éxito. Un éxito en el sentido que yo me acuerdo en los 90 pensaba: "No, este país no puede seguir adelante si no hay juicio a esta gente." Fueron muy importantes. Tal vez se extendieron demasiado en el tiempo. Yo creo que deberían haberse acotado en el tiempo. Y eso me parece que es un problema. También hay objeciones sobre los juicios, sobre las pruebas, etc. A la hora de hacer correr durante mucho tiempo algo, siempre hay problemas.
Yo creo que los acuerdos democráticos hoy deberían ser otros que tal vez los que se alcanzaron en los 80. Algunos perduran y me parece que es importante que perduren. Yo creo que la división entre Defensa y Seguridad y la prohibición de que los militares intervengan en seguridad interior, creo que sigue siendo una política de estado que parece bastante difícil desmontar, incluso por los propios militares, más por los militares que a veces por un sector de de la política, por un sector grande de la política que incluye peronistas confundidos con el progresismo.
Me parece que hay episodios que son lamentables, de pintar las pintadas de los nietos que se recuperan o andar con un Falcon verde provocativamente, esa forma tan despectiva de tratar lo que fue trágico, trágico. Creo que eso requiere sondear a las nuevas generaciones. Estos pibes. ¿Qué qué es lo que qué hace? O sea, ¿se dan cuenta realmente lo que están haciendo? o se dan cuenta de qué significa lo que están haciendo o o entran en la chicana fácil, sin contenido?.
Tiendo a mirar el vaso medio lleno, tal vez esa banalización esté ligada a todo aquello que no se pudo discutir en su momento y por lo tanto internalizar. Pero hay que hacer trabajo de campo con esos pibes, hay que saber qué es lo que piensan ¿Qué creen que están haciendo cuando hacen lo que hacen? Para mí hay que tratar de pensarlo en ese sentido y no en el otro. Pero bueno, a veces es difícil. Hay sectores que todavía son sobrevivientes de una tragedia espantosa y les cuesta mucho pensarlo de otra manera. Y entonces todo es blanco negro y si sigue habiendo esa polarización que por ahí no da cuenta de lo que realmente a esos pibes les pasa con ese tema. El tema la verdad es que se dogmatizó un poco y eso no ayuda.