24/01/2026
TRANSPIRAR LAS AULAS
Entrevista a Gabriel Brener sobre la "distancia" entre la escuela y la construcción de las políticas educativas.
Por: Educatopía
Gabriel Brener es Licenciado en Ciencias de la Educación (UBA) y especialista en Gestión y Conducción Educativa (FLACSO), con más de 35 años de trayectoria ininterrumpida en el sistema educativo,. Su recorrido articula la teoría con una vasta experiencia territorial: se inició como instructor de natación y maestro de grado, se desempeñó como preceptor y director de escuela secundaria durante siete años, ocupando luego cargos de gestión pública como coordinador en la Escuela de Capacitación (CEPA) de CABA y Subsecretario de Educación de la Nación (2012-2015).
Actualmente integra el Consejo Nacional de Calidad Educativa y ejerce la docencia en la Universidad Nacional de Hurlingham. Se define como un especialista que "nunca dejó el aula" y sostiene que la política educativa requiere haber transpirado las aulas.
-Existe una percepción común sobre una brecha entre la teoría y la práctica. ¿Crees que existe una distancia real entre la escuela y los docentes por un lado, y quienes investigan sobre educación y diseñan las políticas públicas por el otro?
-Claro que existe una distancia. Pero también debo decir provocativamente que no podría no existir, porque quien desarrolla una política educativa no puede estar en el aula y viceversa. Lo que la distancia nos tiene que proporcionar es el grado de implicación de quien gobierna respecto de lo que ocurre en las escuelas; es el grado de pertinencia de las políticas con las necesidades que hay en las aulas.
Yo me ubico entre aquellos que defendemos de modo permanente la proximidad o el achicar las distancias en cuanto a lo que ocurre en las escuelas, lo que pasa con los docentes y lo que investigan los investigadores en la universidad. Estoy convencido de que aquellos que estamos trabajando en el marco de la investigación o de la universidad, tenemos que acortar las distancias para poder escuchar eso que se nos ha escapado de las manos; poder escuchar más atenta y sinceramente lo que ocurre en las aulas, poder generar espacios de intercambio entre los maestros, los profes y quienes trabajamos en educación en otros ámbitos.
No se trata de una aplicación mecánica de arriba hacia abajo, que es la herencia lamentable de un sistema educativo vertical y de una sociedad que todo lo mide en clave de culpabilización. Siempre que se hace algo de articulación parece ser por "lo que le falta al que está abajo", y la verdad es que el abajo y el arriba yo los daría vuelta. Cuando la universidad trabaja con las escuelas, la universidad tiene que aprender; si no, no hay un intercambio, se reproduce una lógica aplicacionista.
Por eso me parece realmente un severo problema cuando especialistas en educación, o quienes dirigen políticas educativas, desconocen de una manera soberbia lo que ocurre en el sistema educativo. Yo creo que quien conduce políticas públicas tiene que haber transpirado las aulas, que no es lo mismo que haber estado un rato.
Lo que me parece fundamental es el lugar de enunciación y el modo de implicarse. Vos podés ser un funcionario que dirija un área de política pública en educación y quizás hace tiempo que no estás en el aula, pero tus políticas tienen que entrar en diálogo con las necesidades del aula. Importa mucho menos tu claridad conceptual que la exacta vinculación de las políticas que estás piloteando con las necesidades que hay en el territorio.
Por eso me parece realmente un severo problema cuando especialistas en educación, o quienes dirigen políticas educativas, desconocen de una manera soberbia lo que ocurre en el sistema educativo. Yo creo que quien conduce políticas públicas tiene que haber transpirado las aulas, que no es lo mismo que haber estado un rato. Tiene que haber palpado por cuenta propia los sinsabores, lo que uno intenta y no sale, lo que los diseños curriculares prometen y el martes a la mañana se resbala por la fuerza de gravedad de las condiciones en las que los chicos llegan a la escuela.
Para mí trabajar en el ámbito educativo, como docente, preceptor, director o especialista, significa siempre estar allí escuchando los latidos. Si vos te disociás de cómo late el pulso de una escuela en cualquier parte del país, empezás a perderte y puede que produzcas material significativo en clave pedagógica, pero a mucha distancia de quienes necesitan que uno se acerque a colaborar.
-Mencionaste la importancia de la implicación, pero también vemos que las instituciones a veces se cierran sobre sí mismas. ¿Cómo ves esa relación entre las distintas instituciones del sistema educativo?
-Soy bastante reacio a la endogamia en todos los planos de mi vida, y también en mi modo de entender al sistema educativo. Creo que a veces algunas instituciones, para poder desarrollarse en tiempos tan resbaladizos como los que vivimos, necesitan cerrarse sobre sí mismas. A veces las instituciones, igual que las redes sociales, se "autohalagan"; uno se pone contento porque lo "megustean" y se va fortaleciendo en tu camino, pero en realidad perdés contacto con la verdadera realidad, porque la sociedad se transforma en fragmentos que solamente tienen autorreferencia.
Cada quien atiende su juego y creo que ahí está el riesgo grande: la fragmentación económica tiene su correlato en la fragmentación social. Se termina fortaleciendo la lógica de guetos: guetos de los que son muy ricos y guetos de los que son muy pobres. Allí en el medio estamos aquellos que queremos algo que fortalezca lo común y respete lo diverso. Pero estamos en un tiempo en que lo diferente es sentenciado como deficiente y no como enriquecedor; al diferente se lo mira como una posible amenaza y no como algo que puede enriquecer.
Soy un convencido de que la mejor escuela es aquella que se incomoda, y que tiene que empezar incomodando por quienes la conducen. Incomodar es una estrategia vinculada a la creación, no a subestimar, sino a pretender que el otro sea mejor que yo, poder levantar la vara. La endogamia refuerza lo que Richard Sennett, en su genial La corrosión del carácter, mencionaba como el "pronombre peligroso": el nosotros.
En un tiempo en el que lo único que vale es el yo, la primera persona del singular, y eternizarse en una selfie, vemos la importancia de seguir trabajando en la construcción de los colectivos. Pero Sennett advertía que ese nosotros plantea un falso desafío colectivo cuando no es más que un mecanismo de defensa para diferenciarse de un ellos que se transforma en un enemigo.
-Respecto al contexto actual de la tecnología, las plataformas y la Inteligencia Artificial (IA), ¿cómo creés que debe posicionarse la escuela? A veces parece que la escuela va a destiempo o que tiene competir con la velocidad de las pantallas.
Estamos viviendo una transformación vertiginosa. A veces me río de esas frases hechas como "las escuelas del siglo XIX, los docentes del siglo XX y los chicos del siglo XXI", porque terminan impidiendo la reflexión. Pero sí creo que venimos de la escuela de la imprenta y hoy tenemos que vérnoslas con la escuela de la cibercultura. No podés quedar al margen de una sociedad que quiere resolver todo con el tamaño y la velocidad de un tuit.
En este contexto de una sociedad rabiosa, vertiginosa y con una enorme exacerbación del individualismo, creo que la escuela puede ser contracultural. La escuela puede ser un lugar en el que podamos leer un cuento de principio a fin, y no simplemente ver una noticia por su título y copete.
Respecto a la Inteligencia Artificial, cualquier docente en una sala de profesores podría decir ofuscado: "nos vinieron a arruinar". Yo digo: paremos la pelota y levantemos la cabeza. El impacto de la IA es fuerte, pero quizás no mayor al que produjo la calculadora en la enseñanza de la matemática, o el paso de la lengua oral a la escrita, o el ingreso de la computadora. El problema no tiene tanto que ver con sorprenderse con la tecnología y apaciguarnos en una posición defensiva.
En este contexto de una sociedad rabiosa, vertiginosa y con una enorme exacerbación del individualismo, creo que la escuela puede ser contracultural. La escuela puede ser un lugar en el que podamos leer un cuento de principio a fin, y no simplemente ver una noticia por su título y copete.
Tengo una definición particular que viene del judo: la forma de vencer al otro es aprovechando su fuerza. Nunca mejor que el "judo pedagógico" para entender la relación de la tecnología en la escuela. El desafío es aprovechar la fuerza del otro para vencer las adversidades, ya no al adversario. El desafío es enseñar a pensar, y esta incursión nos fuerza en ese camino que ya no es enseñar a repetir y mucho menos a obedecer.
A veces un pibe dice con enorme claridad: "yo prefiero a mi maestra que a la inteligencia artificial". Porque hay ciertas cuestiones del vínculo, del estar con otros, que la pandemia nos enseñó que son irreemplazables.
-En esa línea de lo contracultural, ¿cuál es el rol de la escuela frente a la violencia y la inmediatez?
-La escuela puede ser un lugar de "desaceleración". Puede generar espacios en los que, como plantea Philippe Meirieu, se produzca el aplazamiento del acto. La escuela puede ser un lugar en el que se reponga la palabra allí donde impera el impulso.
Si un pibe nació en una familia donde aprendió a resolver cualquier situación a través de la violencia, y te dice: "a mí me enseñaron a pararme de manos y ese es el modo en que me sostengo en el mundo", quizás lo contracultural es que cuando va a la escuela aprende ahí, y solamente ahí, que es posible pararse de palabra. Ahí hay una revolución en el trabajo escolar.
Y cierro con una idea clave: el imperativo pedagógico de la solidaridad. Hoy la premisa de la libertad es seductora, especialmente en los pibes más jóvenes, porque ha interpelado de un modo quirúrgico el hastío de la pandemia y los errores de gobiernos que se presentaron como populares. Pero esa libertad que convence a buena parte de los pibes es una abstracción individual. No puede haber libertad separada de la idea de solidaridad. Si la libertad es mera cuestión de abstracción individual, se les cae la fraternidad y la igualdad, las otras dos patas del trípode de la Revolución Francesa.
-Esto nos lleva inevitablemente a discutir las propuestas de reforma educativa actuales, como las que aparecen en el proyecto de ley de Libertad Educativa del gobierno actual. Se habla de homeschooling, de libertad de elección, de vouchers. ¿Cómo analizas este escenario?
En algunos aspectos, estas propuestas atrasan; plantean la libertad como premisa pero olvidan la igualdad y la fraternidad. Pero en otros aspectos, no atrasan: están totalmente acordes al capitalismo depredador y rabioso de este siglo, un capitalismo financiero y de plataforma.
La escuela, tal como la conocimos, creció teniendo de fondo un capitalismo industrial. Hoy las coordenadas han cambiado. Estas propuestas están actualizadas en términos de la educación que se quiere construir para la nueva versión de un capitalismo que requiere ciertas relaciones de esclavitud, pero con el último grito de la pantalla del iPhone.
Este proyecto de ley es la confirmación de que la educación es deliberadamente un gasto y no una inversión; es la confirmación del desprecio por el Estado. Vemos propuestas como derogar la Ley 26.206, o eliminar la obligación del 6% del PBI para educación. Si bajás la bandera de la inversión, estás declarando sin eufemismos que no vas a invertir.
Además, proponen un traspaso de responsabilidad a la comunidad y a las familias. Esto puede ser seductor para el docente que piensa: "me pongo mi propio instituto porque gano poco". Pero mi pregunta es: en ese consejo de padres que proponen, ¿quiénes van a estar? ¿Los padres que van a linchar a un director cuando se molestan por una decisión? ¿O los padres que tienen tres trabajos y no llegan a fin de mes?. Trasladar la responsabilidad a los padres es perder de vista que el Estado es una terceridad necesaria para arbitrar conflictos y designar con ecuanimidad.
Todos los elementos de esta propuesta profundizan la desigualdad. Pensar que las escuelas se hagan en casa (homeschooling) no es otra cosa que naturalizar la desigualdad. La pandemia demostró que quienes no tenían acceso a tecnología y conectividad profundizaron sus brechas. El homeschooling legitima esa desigualdad.
No es ingenuo pensar que están lanzando la reforma educativa junto con la reforma laboral. Hay que disciplinar a la sociedad en tiempos de escasez. Los únicos que pueden salvarse son los "pobres disciplinados". Se busca una escuela que sea un centro de rendimiento, donde se enseñe para aquello que nos van a evaluar.
Si los pibes tienen habilitado a los 13 años la posibilidad de ser operadores bursátiles y quedarse encerrados en casa ahogándose en las pantallas, después no nos quejemos cuando nos angustie lo que pasó con Fernando Báez Sosa. Esa golpiza filmada en tiempo real fue hecha por pibes que tuvimos en la escuela, educados en un sistema donde prima el "sálvese quien pueda".
Pero el desafío de estas horas no es solo entrar, es que aprendan más y mejor y que terminen. Defender los institutos es defender esa capilaridad del sistema.
-Mencionaste los Institutos de Formación Docente, que también han sido objeto de críticas y propuestas de cambio. ¿Cuál es tu visión sobre ellos y su rol en el sistema?
Los más de mil institutos de formación docente muestran el arraigo federal; dan respuestas a las argentinas y argentinos en los lugares más recónditos donde muchas veces no hay otra posibilidad de acceder a educación superior.
Me parece que las decisiones que tienden a invisibilizarlos o definanciarlos me hacen recordar con dolor al "ramal que para, ramal que cierra". Son modos de estrangulamiento. Los institutos requieren de un sistema central que gestione fortaleciendo y respaldando esa riqueza federal, pero también generando criterios que unifiquen y cualifiquen esas carreras.
Hay que entender que cuando uno piensa en la educación superior, cuantas más personas accedan, la sociedad logra ser más democrática. Pero el desafío de estas horas no es solo entrar, es que aprendan más y mejor y que terminen. Defender los institutos es defender esa capilaridad del sistema.
-Para cerrar, frente a este panorama donde la discusión pública parece clausurada o reducida a gritos, ¿cómo se da la disputa de sentido de la educación?
La escuela es un ámbito de construcción de comunidad, es aprender a vivir con otros. La mejor escuela no es la que cotiza más alto en PISA, sino la que trabaja mejor colectivamente.
El desafío de la escuela es con todos y con cada uno. Y es cierto que ciertas oficialidades le piden a la escuela que sea como Finlandia, pero le pagan como en Argentina. Si vas a llenarte la boca hablando de las democracias escandinavas, no le pongas una bomba al Estado, porque esos países llevan 30 o 40 años sostenidos de política estatal.
En la escuela se puede discutir no contra la velocidad de las redes sociales, sino el contenido que allí circula. Ese es el desafío: disputar sentido. La escuela sigue siendo un campo de disputas; nunca dejó de serlo. Por eso, cuando trabajo en los institutos y en la universidad, planteo que hay que prepararse y estudiar mucho para desarrollar posición en esas disputas, al mismo tiempo que hay que escuchar de manera quirúrgica a aquellos que piensan diferente. Si no, no es una verdadera democracia, sino seguir construyendo pequeños mundos que se hablan a sí mismos.